EL MEJOR NEGOCIO EN ARTE ES EL DESARROLLO DEL ESPÍRITU
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En los tiempos que vivimos, el mercado del arte pasó de ser un
fantasma que amenazaba a los artistas por la voracidad con que
manipulaban los precios, a ser un aliado en la fijación de sus precios
a través de las subastas, ferias y operaciones privadas.
También para los compradores, se estabiliza como forma de preservar
el patrimonio en moneda dando una seguridad que otras alternativas
no ofrecen.
Mas aún el dinero cash, que debido a la emisión ilimitada se depreda
con velocidad en todo el mundo, por haber producido una liquidez
exagerada, con la consecuente disminución de su valor numérico.
El arte junto con otros pocos bienes, ofrece buen resguardo, y tiene
un agregado que lo hace único: ningún otro bien da placer y alimenta
el espíritu al tiempo que sostiene su valor.
En estos días, un iconográfico pintor contemporáneo de impecable
carrera, Gerard Richter, llamó "obscena" a la cotización que una de sus
obras del período figurativo acaba de cotizar Sotheby’s, en la
exorbitante suma de U$S 37.000.000.
Pocos artistas contemporáneos tuvieron una carrera tan incuestionable
reconocida, tanto en sus etapas figurativa o abstracta, que termina siendo
refrendada en una subasta de primera línea.
Nos hemos refererido en anteriores notas a la diferencia de la solidez de
la inversión en artistas de trayectoria ,y de cómo se construyen los
precios de los que son resultado de la necesidad de especulación:
Pues bien, el hecho es que los capitales especulativos están dandose
cuenta que es mejor "negocio" invertir en artistas de trayectoria,
que en los Damien Hirst o inventos similares.
Esto es lo que termina dando solidez al arte como inversión, y es que
finalmente, ningún vaivén de precios relativos puede alterar el hecho
de que tener un Monet o un Degas es y será mejor que cualquier otra
forma de ese monstruo de mil cabezas del siglo XX al que llamamos
mercado.
Tal vez porque ni bonos, ni acciones, ni propiedades han tenido tan
alta influencia en la evolución del espíritu humano.
Fernando Esperon
